¡No!, ¡no era yo!, ¡no era mi poesía!
Eran tus salvajes e indómitos
ojos de cielo constelado
y era el timbre de tu voz de mimo impregnados
en el filo punzante de
la noche
¡No!, ¡no era mi
herida!, ni los besos
que quedaron colgados
en la comisura temblorosa de tus labios,
¡era la huida de ti,
de tu ternura, de tu candor!,
era tu afán de represalia
, lo que laceraba mi alma
¡No!, ¡no eras Tú!, ¡no
era el cantor!
era tu espíritu encabritado,
extraviado,
trepando como hiedra, en medio de la obscuridad de noche,
abriendo un surco de fuego
en mis entrañas
¡No!, ¡no eras Tú!, ¡no
era el niño
que encontré en tus
pupilas, al que amo!
Y fue mi entereza la que doblegó la castidad de tus sentidos
y te llevaron al límite y el amanecer enajenado lastimó
el brillo de los astros
y cambió el sentido de
la lluvia
Asoreth

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